December 02, 2018 – Awaiting a Promise

First Sunday in Advent, Year C

Readings / Lecturas

Preached at St. Charles, Burlington (5:00pm, 7:45am) and Immaculate Heart of Mary, Sedro-Woolley (9:30am, 11:15am)

Recording will be available on the podcast.

English

As most of you know, since I’ve been incessantly announcing it at all the Masses, I meet with high schoolers twice a week, and we sit around and talk about the Sunday readings. In addition to being an awesome way to walk with some of our young people, these meetings are occasionally very helpful for my homilies, because high schoolers often ask excellent questions.

This week’s question was excellent because it forced me to look at something I had just glossed over, something that I just took for granted because of all my years in seminary. The question was: “What is this promise that Jeremiah is talking about in our first reading? In case you need the line again, Jeremiah says, “The days are coming, says the LORD, when I will fulfill the promise I made to the house of Israel and Judah.” So what is that promise?

One could say that God made a lot of promises to the houses of Israel and Judah about blessing them for their fidelity to the covenant, but really, whenever a prophet speaks of a promise like this, he is referring specifically to the promise made to King David in 2 Samuel 7: “Your house and your kingdom are firm forever before me; your throne shall be firmly established forever.” This promise was incredibly important to the Israelites because it spoke of God’s everlasting favor to their nation. As long as David’s house stood, so would the Israelite people.

What is incredibly interesting about this reference to the promise is that it was made either immediately before or immediately after the fall of Jerusalem to the Babylonians. Jeremiah is repeating this promise of God at exactly the moment when it is overturned, because when Jerusalem fell, so did the House of David. The house of David had stood for five-hundred years, and Jeremiah himself was watching it collapse, even as he preached the faithfulness of God.

As Christians, of course, we realize that God fulfilled this great promise through Jesus Christ, a gift and fulfillment far more profound and everlasting than an earthly kingdom. But Jeremiah, though he was conveying prophecies about Jesus, did not know about the incarnation or the resurrection. He simply trusted in God, and faithfully relayed God’s messages to the Jewish people, even if he did not completely understand them.

Imagine being Jeremiah. His entire world is crumbling around him. The greatest promise given to his people by God is about to be broken. And yet, he nonetheless preaches the message of God with conviction: “The days are coming, says the LORD, when I will fulfill the promise I made to the house of Israel and Judah.” Jeremiah did not live to see the restoration of Jerusalem, let alone the fulfillment of this promise in Jesus.

And imagine being the Jewish people. It was five-hundred years after the fall of the House of David that Jesus was born in Bethlehem. Five hundred years of waiting and watching and wondering, trying to keep faith in the promise made to King David and renewed through the mouth of Jeremiah. Even most sci-fi movies today do not look as far ahead as the year 2518.

We should remember the feelings of these Israelites during the Advent season: watching, waiting, wondering. We should feel their uneasiness about a promise that has yet to be fulfilled, but also their hope that it will still be fulfilled, their trust that God is always faithful to his promises, even if it takes centuries. And we add to their waiting our own waiting for the return of the Lord at this second coming. A final victory promised to us two-thousand years ago, a promise of permanent peace and complete unity with God and each other, a promise that has yet to be fulfilled.


There is, however, an important difference between what the Jews experienced after Jeremiah and what we experience today. The difference is that, on this side of the incarnation, the promises of God have actually already been fulfilled. While we do wait for the second coming of the Lord, we also know that this second coming merely completes his work. In reality, he is already present among us, through the Holy Spirit, the Church, and the Sacraments. He has already come, and he never left.

And this changes the way we Christians view history. Rather than asking about the next milestone of progress or trying to bring about a new world order, we realize that Jesus is always with us, in the good and the bad, in times of chaos and in times of flourishing. Our hope no longer lies in the future actions of God, but in the present actions of God. We do not ask how he will act, but how he is currently acting.

Even when our world seems to be falling apart, as Jeremiah’s was, Jesus promised that he would be with us until the end of the age. It is this promise, now, that allows us to look toward the future with a great hope and anticipation, whatever may come.

Español

Como la mayoría de ustedes saben, porque lo he estado anunciando incesantemente en todas las misas, me encuentro con estudiantes de secundaria dos veces por semana, y nos hablamos de las lecturas del domingo. Además de ser una manera impresionante de caminar con algunos de nuestros jóvenes, estas reuniones son de vez en cuando muy útiles para mis homilías, porque los estudiantes de secundaria a menudo hacen preguntas excelentes.

La pregunta de esta semana fue excelente porque me obligó a mirar algo que acababa de glosar, algo que sólo daba por sentado debido a todos mis años en el seminario. La pregunta era: “¿Cuál es esta promesa que Jeremías está hablando en nuestra primera lectura?” En caso de que necesitemos la línea de nuevo, Jeremías dice, “Se acercan los días, dice el Señor, en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá.” Entonces, ¿qué es esa promesa?

Se podría decir que Dios hizo muchas promesas a las casas de Israel y Judá acerca de bendecirlos por su fidelidad a la alianza, pero en realidad, cada vez que un profeta habla de una promesa como esta, se está refiriendo específicamente a la promesa hecha al rey David en el Segundo Libro de Samuel, capitulo siete: “Tu casa y tu reino permanecerán para siempre ante mí, y tu trono será estable eternamente.” Esta promesa era increíblemente importante para los israelitas porque hablaba del favor eterno de Dios a su nación. Mientras la casa de David estuviera, también lo haría el pueblo israelita.

Lo que es interesante acerca de esta referencia a la promesa es que se hizo ya sea inmediatamente antes o inmediatamente después de la caída de Jerusalén a los babilonios. Jeremías está repitiendo esta promesa de Dios exactamente en el momento en que se ha volteado, porque cuando Jerusalén cayó, también lo hizo la casa de David. La casa de David había permanecido durante quinientos años, y Jeremías mismo la estaba observando colapsar, así como él predicó la fidelidad de Dios.

Como cristianos, por supuesto, nos damos cuenta de que Dios cumplió esta gran promesa por medio de Jesucristo, un don y cumplimiento mucho más profundo y eterno que un reino terrenal. Pero Jeremías, aunque él estaba transmitiendo profecías acerca de Jesús, no sabía acerca de la encarnación o la resurrección. Él simplemente confió en Dios, y retransmitió fielmente los mensajes de Dios al pueblo judío, incluso si él no los entendía completamente.

Imaginen ser Jeremías. Su mundo entero se está desmoronando a su alrededor. La mayor promesa dada a su pueblo por Dios está a punto de ser quebrantada. Y sin embargo, él predica el mensaje de Dios con convicción: “Se acercan los días, dice el Señor, en que cumpliré la promesa que hice a la casa de Israel y a la casa de Judá.”” Jeremías no vivió para ver la restauración de Jerusalén, y mucho menos el cumplimiento de esta promesa en Jesús.

E imaginen ser el pueblo judío. Fue quinientos años después de la caída de la casa de David que Jesús nació en Belén. Quinientos años esperando y observando y preguntándose, tratando de mantener la fe en la promesa hecha al rey David y renovada a través de la boca de Jeremías. Incluso la mayoría de las películas Sci-Fi hoy en día no se ven tan lejos como el año dos mil quinientos dieciocho.

Debemos recordar los sentimientos de estos israelitas durante la temporada de adviento: observando, esperando, preguntándose. Debemos sentir su inquietud acerca de una promesa que aún no se ha cumplido, pero también su esperanza de que todavía se cumplirá, su confianza en que Dios es siempre fiel a sus promesas, incluso si lleva siglos. Y añadimos a su espera nuestra propia espera para el regreso del Señor en su segunda venida. Una victoria final prometida a nosotros hace dos mil años, una promesa de paz permanente y unidad completa con Dios y unos a otros, una promesa que aún no se ha cumplido.


Hay, sin embargo, una diferencia importante entre lo que los judíos experimentaron después de Jeremías y lo que experimentamos hoy. La diferencia es que, en este lado de la encarnación, las promesas de Dios ya se han cumplido. Mientras esperamos la segunda venida del Señor, también sabemos que esta segunda venida simplemente completa su obra. En realidad, él ya está presente entre nosotros, a través del Espíritu Santo, la iglesia y los sacramentos. Él ya ha venido, y nunca se fue.

Y esto cambia la forma en que los cristianos vemos la historia. En lugar de preguntar sobre el próximo hito del progreso o de tratar de lograr un nuevo orden mundial, nos damos cuenta de que Jesús está siempre con nosotros, en el bien y en el mal, en tiempos de caos y en tiempos de florecimiento. Nuestra esperanza ya no reside en las futuras acciones de Dios, sino en las acciones actuales de Dios. No le preguntamos cómo actuará, sino cómo está actuando.

Incluso cuando nuestro mundo parece estar cayendo a pedazos, como lo fue Jeremías, Jesús prometió que estaría con nosotros hasta el fin del mundo. Es esta promesa, ahora, que nos permite mirar hacia el futuro con una gran esperanza y anticipación, lo que pueda venir.

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