March 29, 2018 – Holy Thursday

Holy Thursday – Evening Mass of the Lord’s Supper

Readings / Lecturas

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English

Jesus could have stayed up in Heaven, in perfect and infinite relationship with his Father through the Holy Spirit. He could have continued to guide and influence humanity through the occasional prophet or miraculous event, as he had been doing for thousands of years already. It is not like these prophets were a failure: the prophets themselves always conveyed the message of God clearly and effectively, it is just that they were ignored. But when Jesus came, he was ignored, too. So again: Jesus could have stayed up in Heaven. He did not have to come to Earth.

But he did come. He loved his people so much that he wanted to be one of them. He wanted to act as a literal bridge between divinity and humanity. Jesus wanted to bring God down to us and us up to God, which he did, through his incarnation, passion, death, and resurrection.

And one of the most important and powerful symbols of this unity between divinity and humanity is the Eucharist. Here in the Eucharist we have the very essence of God, the very presence of Jesus, contained in the scandalously simple material of bread and wine. When the creator of the universe deigned to become human, that was scandalous enough, but bread? Wine? These materials are so simple that we priests have to be careful not to drop or spill them on the altar. God himself, our great defender and protector, makes himself so vulnerable in the Eucharist that we have to defend him.

And yet Jesus did it anyway: he gave his Church the power to transform something as simple as bread and wine into his body, blood, soul and divinity, here on our altars, including our altar right here in Burlington. And he did so in order to allow us to receive him, even daily. God chose to become food because he wanted us to eat him, to take him into our bodies, to make him part of us.

The phrase “you are what you eat” is doubly true with the Eucharist. While normal food gets broken down and becomes part of the molecular structure of our body, the Eucharist also has a similar effect on our souls. The Eucharist contains the presence of Jesus, body and blood, soul and divinity, which means that he not only becomes part of our body and blood, but he also unites himself to our souls so that we might share in his divinity. The more we receive the Eucharist, the more we become like Jesus.

And yet, caution is in order. I know well-meaning, prayerful people who allow the Eucharist to corrupt them. They are so focused on the graces of the Eucharist, so focused on daily Mass and adoration, that they forget that nearness to the Eucharist must always make us look and act more and more like Jesus. And Jesus did not stay in Heaven. Jesus emptied himself for us, gave himself to his people, and went all the way to the cross to save us. It is good for us to desire the Eucharist daily. It is good for us to spend time each week in adoration. But if these practices are having their effect, if they are making us more and more like Jesus, then we should also be continually growing in love for our neighbor. Our desire for mission, for service, and for charity should grow every time we receive Jesus or gaze upon him. And our desire for the Eucharist should grow with every act of service, as we confront the needs of our world and realize that only Jesus can heal them.

It is no coincidence that Jesus modeled such a profound act of humility at the same supper where he instituted the Eucharist, or that it is the priest, the one who says the Eucharistic prayers, who washes the feet during the Holy Thursday liturgy. The Eucharist is the sacrament of charity, and it has been associated with service since its very inception. Yes, of course the Eucharist brings with it incredible graces. Yes, of course the Eucharist allows us to grow impossibly close to our Lord. But what is the purpose of this nearness? Why are we given these graces? For mission. To go out from our comfortable places, as Jesus did, in order to serve and save the world.

 

Español

Jesús podo haberse quedado en el cielo, en una relación perfecta e infinita con su padre a través del Espíritu Santo. Él podo haber continuado guiando e influenciando a la humanidad a través del ocasional profeta o acontecimiento milagroso, como lo había estado haciendo por miles de años. No es como si estos profetas fueran un fracaso: los propios profetas siempre transmitieron el mensaje de Dios de manera clara y eficaz, es sólo que fueron ignorados. Pero cuando Jesús vino, también fue ignorado. Así que de nuevo: Jesús pudo haberse quedado en el cielo. No tenía que venir a la tierra.

Pero vino. Amaba tanto a su pueblo que quería ser uno de ellos. Quería actuar como un puente literal entre la divinidad y la humanidad. Jesús quería traer a Dios a nosotros y a nosotros hasta Dios, lo cual él hizo, a través de su encarnación, pasión, muerte y resurrección.

Y uno de los símbolos más importantes y poderosos de esta unidad entre la divinidad y la humanidad es la Eucaristía. Aquí en la Eucaristía tenemos la misma esencia de Dios, la presencia misma de Jesús, contenida en el material escandalosamente simple del pan y el vino. Cuando el creador del universo se dignaba a convertirse en humano, eso era bastante escandaloso, pero ¿pan? ¿Vino? Estos materiales son tan simples que los sacerdotes tenemos que tener cuidado de no soltarlos o derramarlos sobre el altar. Dios mismo, nuestro gran defensor y protector, se hace tan vulnerable en la Eucaristía que tenemos que defenderlo.

Y sin embargo Jesús lo hizo de todos modos: él dio a su iglesia el poder de transformar algo tan simple como el pan y el vino en su cuerpo, sangre, alma y divinidad, aquí en nuestros altares, incluyendo nuestro altar aquí mismo en Burlington. Y lo hizo con el fin de permitir que lo recibamos, incluso diariamente. Dios escogió convertirse en alimento porque quería que nos lo comiéramos, que lo llevara a nuestros cuerpos, que lo hiciera parte de nosotros.

La frase “eres lo que comes” es doblemente verdad con la Eucaristía. Mientras que los alimentos normales se descomponen y se convierten en parte de la estructura molecular de nuestro cuerpo, la Eucaristía también tiene un efecto similar en nuestras almas. La Eucaristía contiene la presencia de Jesús, cuerpo y sangre, alma y divinidad, lo que significa que no sólo se convierte en parte de nuestro cuerpo y sangre, sino que también se une a nuestras almas para que podamos compartir en su divinidad. Cuanto más recibimos la Eucaristía, más nos volvemos como Jesús.

Y, sin embargo, la cautela está en orden. Conozco a personas bien intencionadas y orantes que permiten que la Eucaristía los corrompa. Están tan enfocados en las gracias de la Eucaristía, tan enfocados en la Misa diaria y la adoración, que olvidan que la cercanía a la Eucaristía siempre debe hacernos parecer y actuar más y más como Jesús. Y Jesús no se quedaba en el cielo. Jesús se anonadó para nosotros, se entregó a su pueblo, y fue hasta la Cruz para salvarnos. Es bueno para nosotros desear la Eucaristía diariamente. Es bueno para nosotros pasar tiempo cada semana en adoración. Pero si estas prácticas están teniendo su efecto, si nos están haciendo más y más como Jesús, entonces también debemos estar continuamente creciendo en el amor hacia nuestro prójimo. Nuestro deseo de misión, de servicio y de caridad debe crecer cada vez que recibamos a Jesús o lo miremos. Y nuestro deseo de la Eucaristía debe crecer con cada acto de servicio, a medida que nos enfrentamos a las necesidades de nuestro mundo y nos damos cuenta de que sólo Jesús puede sanarlos.

No es casualidad que Jesús modelara un acto tan profundo de humildad en la misma cena donde instituyó la Eucaristía, o que es el sacerdote, el que dice las plegarias eucarísticas, que lava los pies durante la liturgia del Jueves Santo. La Eucaristía es el sacramento de la caridad, y se ha asociado con el servicio desde su inicio. Sí, por supuesto que la Eucaristía trae consigo unas gracias increíbles. Sí, por supuesto la Eucaristía nos permite crecer imposiblemente cerca de nuestro Señor. Pero ¿cuál es el propósito de esta cercanía? ¿Por qué nos dan estas gracias? Para la misión. Para salir de nuestros lugares cómodos, como Jesús lo hizo, con el fin de servir y salvar al mundo.

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